¡Voy a comedte!

voy a comedte

A: Jean-Marc Derouen   I: Laure du Faÿ   E: Kókinos, 2013 (1ªE: Editions Frimousse)

Dicen que este álbum lo escribió Jean-Marc Derouen, al menos eso hemos visto en la portada, pero en KIRIAKIbooks intuimos la verdad…: todo se debió fraguar durante una reunión de agraviados; los tres cerditos, Caperucita Roja y los siete cabritillos vieron, por fin, la manera de vengarse del lobo para la eternidad. Lo ridiculizarían, usarían tretas astutas para enfrentarse a la voracidad del fiero animal y plasmarían la historia en un álbum ilustrado.

Se inventaron este cuento en el que un cruel lobo con ganas de comerse a todo “quisqui” tiene una pequeña discapacidad ridícula: un pelo en la lengua, y utilizando eso con gran habilidad y mano izquierda, unos tiernos conejitos se mofan de él en su propio hocico. Luego, el golpe de gracia: difundir la historia entre los más pequeños. Todos ellos le perderían el respeto, dejarían de temerle. El plan era genial.

Pero se pasaron de la raya y consiguieron que el desgraciado animal diese lástima a los históricamente asustados por él. “¡Pobrecito! ¡Todo el resto de su vida comiendo verdura!” ¿Hay algún castigo más cruel y asqueroso que comer acelgas, puré de espinacas y alubias verdes por los siglos de los siglos? Caperu, cerdis, cabris, os habéis “pasao”.

Las ilustraciones nos han encantado: un bosque bastante tétrico y tenebroso, el fondo negro negrísimo, rojos los troncos de los árboles y blanco el camino.

La ilustración que debería ser la más horripilante de la historia (una gran bocaza de lobo sanguinario con la cabeza de un dulce conejito blanco frente a él) se convierte en la más deshonrosa y vergonzante para el fiero animal. El protagonista absoluto de la imagen: el pelo en cuestión, la razón por la que el lobo habla “dado”.

También nos ha gustado mucho el recurso que el ilustrador ha utilizado en las páginas en las que el lobo queda irremediablemente ridiculizado: fondo blanco blanquísimo. En ese momento todos los lectores nos hemos olvidado de lo tenebroso del bosque porque…¡Este lobo no da miedo! ¡Da pena!

Muy divertido.

Max y Moritz

max y moritz

A: Wilhelm Busch   I: Wilhelm Busch   E: Impedimenta, 2012 (1ªE: Alemania, 1865)

Genial, genial, ¡genial! ¡Qué alegría! ¡Qué alboroto!…

Nos encanta presentaros álbumes como el de hoy. No sabemos si solemos ser tan efusivos pero queríamos dejar claro que esta “historieta en siete travesuras” nos ha encantado. De verdad de la buena.

Nos hemos partido de risa con Max y Moritz. Todos. Los cinco (nos atrevemos a decir que el más pequeño de la familia KIRIAKI se desternillaba de nosotros, en vez de por la historia pero, ¡que más da!, el caso es que nos ha alegrado la tarde a la familia al completo)

No nos extraña en absoluto que, en Alemania, esta obra sea el clásico de los clásicos de la literatura infantil. Ni nos extraña que, tal y como reza la “introducción para incrédulos”, aún hoy en día sea común citar versos de esta obra (nosotros ya nos hemos apropiado de alguno en su versión castellana, buenísima traducción, a nuestro modesto entender)

Bueno, entrando en materia, ahí va la historia:

“¡Ay, los niños revoltosos

suelen ser los más famosos!

Max y Moritz, por ejemplo:

Dos pícaros como un templo”

Dos pequeños diablillos, dignos hijos de Belcebú, ayudantes del Maligno, aprendices de Satanás. No se les ocurre idea buena.

La primera fue fatal, la segunda, otra que tal…

Así, de una en una y hasta la séptima, planean y ejecutan travesura tras travesura: Una original (y cruel) manera de acabar con cuatro aves a la vez; una pesca poco común (“la pesca del pollo asado es un deporte arriesgado”); el sutil pero efectivo sabotaje de un puente de madera; la conversión de una pipa en un colosal petardo; la asquerosa ocurrencia de llenar una cama de insectos impertinentes; el goloso intento de zamparse todo lo zampable en la pastelería de un pueblo germano; y la séptima y última, la gota que colma el vaso, la travesura que los condena.

Quisieron ser los peores pero…la avaricia rompe el saco (en sentido literal).

Nos hemos muerto de risa gracias a sus ocurrencias pero no hemos lamentado su trágico final: ha sido digno de su suprema maldad.

“Del uno al otro confín,

nadie lamentó su fin […]

¡Se acabó lo que se daba!

¡¡Quién mal anda, mal acaba!!”

Las ilustraciones son tan geniales como el texto. Un álbum total. Formato, texto, ilustraciones, edición. Además, con una octava historieta de propina (esto es mejor que las mejores ofertas…)

Aún no sabemos lo que nos queda por descubrir este curso pero, seguro, seguro, seguro que el que hoy os presentamos es un de los de la lista de nuestros preferidos de 2014-2015.

¿Os hemos convencido?, esperamos que sí.

La casa de Tomasa

la casa de tomasa

A: Phyllis Root   I: Delphine Durand   E: Edelvives, 2014, 8ª Edición (1ªE: Walker Books Ltd, 2005)

“Esta es la casa que hizo Tomasa: pequeña y sencilla. La hizo en un rato para ella y su gato”

Ya está. Plis plas. Conocemos la casa de Tomasa desde el principio pero, entonces, ¿no hay sorpresa?¿?

Con su pequeño balcón, sus grandes ventanas, su escalera de acceso y elevada sobre unos pequeños pilares. Y la puerta: roja, coronada por un bonito semicírculo multicolor y…abierta. Es una señal.

“¡Pon, pon, pon!”- ¿Quién llama?

Juanito Glotón- Yo quiero una tarta, y quiero un rincón-“

Sin pensárselo un segundo, Tomasa se pone manos a la obra. Y, cual experimentado albañil, construye un pequeño habitáculo sobre el tejado de su propia casa. Comienza la diversión, ¿quién vive en ese cuarto? Abrimos las solapas y ahí esta: ¡Juanito! y…¡su tarta!

Una procesión de personajes tienen la misma idea que Juanito (suponemos que animados por la buena disposición de Tomasa) y, una tras otra y ayudada por su gato, levantan casetas y buhardillas. La abuela Rosario, los tres gatitos, la pastora Aleja y su oveja, los tres osos y Don Plato y Cuchara. Todos ellos han encontrado un hogar y han formado una familia (con sus más y sus menos).

Puertas y ventanas se abren por doquier y a lo largo de las páginas los personajes se mezclan, se visitan, comparten y se sisan.

Finalmente contemplan su obra: la sonrisa que ha exhibido Tomasa durante todo su duro trabajo se congela.

“Pero qué es esto! […] ¡No hay sitio para nosotros!”

Y al final, una gran sorpresa que no desvelaremos aunque nos torturéis. Algo grande, enorme, colosal…¡genial!

Nos ha encantado la generosidad de Tomasa (cuánto nos recuerda a sus homónimas riojanas http://casadetomasa.wordpress.com …) acogiendo en su improvisado “palacio”  a todo “chichifú”, pero lo que nos ha divertido de verdad ha sido el descubrir lo que ocurría tras puertas y ventanas. Sí, somos unos mirones cotillas.

Esperamos que nuestras amigas Tomasas aprueben esta entrada…glups.

PD. Gracias a Ramos la conocimos y gracias a nuestros amigos Pablo y Ana nos hemos vuelto a encontrar con ella. ¡Bienvenida a casa Tomasa!

En casa de los abuelos

en casa de los abuelos

A: Helen Oxenbury   I: Helen Oxenbury   E: Editorial Juventud, 1984 (1ªE: Walker Books, Londres, 1984)

Por un momento hemos pensado que Helen Oxenbury nos conocía de algo. ¿Cuándo hemos comido con esta señora?, ¿de qué conoce a nuestra familia? Sólo se ha equivocado en un pequeño detalle: nosotros tenemos niños, no niñas. Por lo demás, en la familia KIRIAKI nos identificamos con todas y cada una de las frases de este pequeño álbum, incluida la de:

“-¡Enséñanos tus plantas abuelo!

 – Mira, los primeros tomates que maduren serán para ti- dice el abuelo”

Este sencillo cuento narra de forma clara y concisa la ilusión de un nieto (nieta) al entrar en casa de sus abuelos, la paciencia y abnegación que éstos muestran con sus nietos y la ilustración que más gracia nos ha hecho: la cara del padre cuando entra en casa en busca de su hijo (quien dice padre dice madre entrando a casa de sus suegros y predispuesta al mosqueo…), y se encuentra el siguiente cuadro:

Los abuelos tumbados en el suelo y rodeados de cojines, tapados con toallas y trapos de cocina atados a los brazos, mientras el nieto está feliz, viendo la tele y ¡con los zapatos sobre el sofá!

Helen, de manera acertada, decide ahorrarnos el sermón del padre: “¡pero bueno!, ¡¿qué es esto?!, ¡pobres abuelos!, ahí en el suelo…¡no tenéis porqué hacer caso a todo lo que os dice la niña!. ¡Y tú, fulanita!, ¿qué haces con los pies en el sofá?”

En ese momento, abuelos y nietos se mirarían y pensarían:

¡que nos quiten lo “bailao”!

No se si también os pasará a vosotros pero, os podemos asegurar, que Helen Oxenbury pensaba en nosotros cuando escribió esta historia.

La cocina de noche

la cocina de noche

A: Maurice Sendak   I: Maurice Sendak   E: Kalandraka Editora, 2014 (1ªE: HarperCollins Children’s Books, 1970)

Primero: deciros que hemos encontrado una cita de Maurice Sendak que consigue expresar lo que nosotros sentimos de niños y lo que estamos intentando transmitir a nuestros hijos.

“Cuando mi padre me leía, me recostaba sobre él y yo pasaba a ser parte de su pecho o su antebrazo (…) Cuando no sólo oyes un cuento entrañable, sino que además eres abrazado por la persona más importante del mundo para ti, la conexión que se establece dura toda la vida”. Snif.

Bueno, se acabó este momento lacrimógeno. Y nada mejor para pasar este instante enternecedor que hablar de un personaje de Maurice Sendak, en este caso, Miguel.

Si estáis buscando un protagonista dócil, obediente y poseedor de todas las virtudes de un buen hijo, os recomendamos que NO busquéis en la bibliografía de Maurice (hala, como si fuese de nuestra familia…) Los pequeños que retrata Maurice son imaginativos, activos, inquietos y aventureros. Les encanta explorar, arriesgar y pensar y no siempre como a sus progenitores les gustaría. Ahí va la historia:

Miguel se encuentra en ese estado de duermevela previo al “ceporrismo” total, al “amarmotamiento” irreversible y comienza a soñar, siendo consciente aún de que está entre las sábanas de su cama. Se eleva del colchón y pierde la ropa por el camino (lo que hizo que el álbum fuese censurado en EE.UU. e incluido en la lista de los 100 libros más provocadores de la American Library Asociation…ejem…)

Vuela, vuela y aterriza sobre la masa de un pastel: el pastel de Miguel. Y así empieza este paseo nocturno por la cocina. Los tres cocineros “Oliver Hardy-anos” (un poco siniestros, un poco sádicos y muy bien alimentados) acompañan a Miguel, quien consigue llegar hasta la vía láctea. Allí se topa, como no podía ser de otra manera, con una enorme botella de leche.

De fondo la ciudad iluminada, la cocina. Rascacielos de cajas de harina, edificios de botes de mermelada, las antenas: varillas de amasar, las chimeneas: sacacorchos y tapones. Y nuestro preferido, el tren elevado: un salchichón.

Miguel ya se quiere despertar, nota la luz del sol entrando por la ventana y grita en su sueño: ¡KIKIRIKIIIII!

Vuela, vuela y deja atrás la torre Eiffel (cascador de nueces). ¡OH! ¡AAH! ¡HUMM! Aterriza sobre su mullido colchón.

“Y es así como, gracias al bueno de Miguel, en cada desayuno podéis comer pastel”.

Una breve mención a las ilustraciones: nos ha encantado la atractiva estética americana de los años 50. Vale, en nuestras cocinas no había cajas de zumo de 3 litros (con suerte, un litro de Don Simón), ni mermelada de arándanos (¿un poco de naranja amarga si era un día de fiesta?) ni mantequilla de cacahuete (tarrina de Tulipán…). Pero todas esas cosas las conocimos en las pelis.

Este álbum es todo esto y mucho más: ¡a por él!