El pequeño Virgil

el pequeño virgil

A: Ole Lund  Kirkegaard I: Ole Lund  Kirkegaard E: Sushi Books, 2015 (1ªE: Gyndeldal Group Agency, 1967)

Leer El pequeño Virgil es como escuchar detrás de la puerta la conversación de nuestros retoños. Es sumergirte de lleno en ese tiempo sin tiempo, en esas tardes interminables saltando de idea en idea.

Las historias de Virgil pueden ser absurdas si tu mirada es de adulto o vacías, si necesitas complejas estructuras que oscurezcan el mensaje pero, si te pones sus ojos y lees con curiosidad y con pasión, entenderás porqué Virgil les atrapa desde el primer capítulo.

Los pequeños KIRIAKIs han aplaudido el empeño por encontrar una pareja a la cigüela sola-solitaria, han admirado la idea de Oskar buscando el regalo más especial, han reído ante la desesperación (típicamente adulta) de la madre de Carl Emil frente a las ocurrencias de los amigos de su pluscuamperfecto hijo.

Los adultos son descritos por Ole resaltando las características que aprecia un infante: no le importa si tiene sombrero, si lleva tirantes o si su pantalón es beige, no; se ha fijado en que el hombre que se acerca es “el herrero grande y negro”, ¿alguien tiene alguna duda?

La conversación entre los tres inseparables amigos del alma, convenciéndose mutuamente de que todas esa tablas verticales alineadas alrededor de la casa del carbonero no son una cerca (sino que son viejos tablones que el susodicho quiere perder de vista), es para quitarse el sombrero.

Benditos pueblos, bendita calle y benditos aquellos que no necesitan juguetes para jugar.

Para terminar de convenceros, otra perla:

“-¿Cómo se hace para conseguir un pantalón tan estupendo?-preguntó el pequeño Virgil- Es el mejor pantalón que he visto nunca. […]

– Para conseguirlo hay que tener una tía en Smalleby- dijo Carl Emil.

– Yo no tengo ninguna tía […]

– Entonces tienes que conseguirte una- dijo Carl Emil- Es un pantalón estupendo, puedes creerme.”

Perfecto para las vacaciones que estamos a punto de estrenar.

¡Olé por Ole!

¡Pero yo soy un oso!

pero yo soy un oso

A: Frank Tashlin  I: Frank Tashlin  E: Ediciones Invisibles, 2015 (1ªE: E.P.Putton&Co., 1946)

Pero ¿quién soy? ¿soy quien creo que soy? O ¿soy quien tú me dices? Más de una vez nos hemos visto frustrados viendo lo que mediáticos personajes de distinta calaña repiten que somos, pero, ¿somos eso? ¿pensamos lo que dicen que pensamos? ¿nos gustan las cosas que nos dicen que nos gustan? Pues no. Pero nos lo repiten taaaaaantas veces que, en ocasiones, nos hacen dudar.

Bueno, pues esto mismito es lo que le pasa al peludo protagonista de esta historia. Respondiendo a su propia naturaleza, cuando ve a las ocas migrar y a las hojas caer, comienza a buscar refugio, una cueva acogedora que le permita hibernar con tranquilidad.

La fatalidad quiere que justo sobre el lugar escogido comience a construirse una fábrica (previa destrucción de todo tipo de ser vivo, animal y vegetal), con sus chimeneas, sus barracones, su interminable repetición y su anodina imagen. Como el tiempo es oro, la fábrica está lista cuando comienza la primavera y, para cuando el oso se despereza y encuentra la salida de su cueva, funciona ya a pleno rendimiento, obsequiando con generosidad miles de m3 de CO2 al limpio aire que la envuelve.

En fin, que el oso aparece desorientado entre unos cuantos edificios y un severo capataz con ganas de mandar le grita que vuelva de manera inmediata a su puesto de trabajo. “Pero, si soy un oso…” dice el animal, a lo que el capataz responde: “No intentes engañarme. Tú no eres un oso. No eres más que un patán que necesita un buen afeitado y lleva puesto un abrigo de pieles. Te llevaré ante el director general”.

De nada sirven los intentos del oso por ser reconocido como tal; ni su candidez, ni su convicción, ni su enorme cuerpo repleto de vello animal consiguen que los superiores admitan lo que tienen delante de la nariz. El director general, el vicepresidente tercero, el segundo el primero y finalmente el presidente, no ven en el bicho nada más que un par de zarpas que les pueden hacer ganar algo más de pasta.

La cuestión es: ¿conseguirán convencer al pobre oso de que es un obrero con necesidad de afeitado?

Genial. Nos ha hecho reír. Y pensar.