El pincel mágico

el pincel mágico

A: Françoise Jay I: ZHONG Jie E: Editorial Juventud, 2009 (1ªE: Magnard Jeunesse, 2007)

Comenzamos el nuevo año con un cuento chino. Bueno, con la versión de Françoise Jay de un cuento chino. El texto en cursiva evoca en nosotros la imagen de un antiquísimo abuelo chino, bondadoso, paciente, con la sabiduría escapándose por sus orejas, que cuenta a su nieto la historia de Chen, un niño de familia campesina, que tenía un gran corazón y una perspicaz inteligencia.

Siempre hacendoso, ayudando a su familia con el rebaño de búfalos, soñaba con ser el discípulo del gran pintor que trabajaba para Boya, el orondo jefe del pueblo. La precaria economía familiar no le permitía ser dueño de su propio pincel, por lo que, tomando aire y en un arranque de valentía, entró en la escuela de pintura y preguntó al Maestro si podía prestarle uno.

Tras la consiguiente burla del arrogante profesor, Chen se marcha con “una gran tristeza en el corazón” y su orgullo pisoteado, a juzgar por la ilustración en la que gesticula haciendo burla al pintor.Pero Chen está decidido a aprender a pintar y, primero con finos palos sobre el barro y luego con pedazos de carbón sobre las paredes del pueblo, va perfeccionando su técnica y descubriendo su don natural.

Cierta noche, mientras dormía, el venerable anciano al que nos hemos referido al principio se le aparece, y le entrega un pincel mágico con el que “solo un ser humilde y sincero” podrá dibujar. Todo muy chino. Enseguida descubre que todo lo que dibuja con su pincel se vuelve real y así pasa una temporada, ayudando a su pueblo dibujando bueyes, gallos, yuntas y búfalos a tutiplén, hasta que el milagro llega a oídos de Boya y, como cabía esperar, obliga a Chen a dibujar para él.

Y hasta aquí podemos leer; la astucia de Chen consigue poner a Boya en su sitio pero…¿dónde? ¿cómo?

Nos ha encantado. Llevamos una temporada “chinos”, releyendo este cuento a petición popular.

Las ilustraciones (chinas, chinas) están muy bien. Llenas de color y muy expresivas consiguen transportarnos a esas tierras lejanas. Hasta olemos a “rollito”.

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